Una placa solar no capta electricidad: la genera. La luz arranca electrones del silicio y un campo eléctrico interno, que ya estaba ahí, los empuja hacia el mismo lado.
Eso es todo el mecanismo, y explicado así cabe en tres líneas. Lo que casi nunca se cuenta es la segunda mitad: qué consecuencias tiene esa física sobre el papel que te va a enseñar un instalador. El número grande del catálogo —450 Wp, 500 Wp, 625 Wp— no es lo que el panel entrega en tu tejado. Es lo que entrega bajo tres condiciones concretas de laboratorio, y la definición oficial española dice exactamente eso, con esas palabras.
Este artículo va de la célula y de lo que la célula explica: por qué sale corriente continua y no alterna, cuánta luz se aprovecha de verdad, cuánta potencia se pierde con el calor —lo comprobamos en PVGIS para ocho ubicaciones españolas, y la hipótesis con la que empezamos resultó ser falsa en la península; lo contamos igual—, cuánto garantizan que dura y por qué te quedas sin luz en un apagón. El recorrido termina donde la electricidad sale por tu enchufe. Qué pasa con la que sobra, cuánto cuesta la instalación y qué hay que tramitar están en el hub de placas solares, no aquí.
Convierte esta física en los números de tu tejado con la calculadora solar →Publicado el 4 de septiembre de 2026
El efecto fotovoltaico exige tres pasos encadenados: la luz sube un electrón de energía, ese electrón sale al circuito exterior y después vuelve a la célula.
Los dos primeros pasos los cuenta todo el mundo. El tercero casi nadie, y es el que hace entender el resto. El recurso académico de referencia en fotovoltaica, el PVCDROM de la Universidad Estatal de Arizona, lo enumera así: hace falta un material en el que absorber luz suba un electrón a un estado de mayor energía, hace falta que ese electrón salga de la célula hacia un circuito externo, y hace falta que disipe su energía en ese circuito y regrese a la célula.
Que el electrón vuelva significa que la célula no se gasta. No se queda sin electrones, no se agota con el uso y no almacena nada: es un circuito cerrado en el que la luz aporta la energía que empuja al electrón a dar la vuelta. Un panel es un generador mientras le da la luz, no un depósito.
De ahí salen dos consecuencias prácticas que aparecerán más abajo en este mismo artículo, y conviene dejarlas apuntadas ya. La primera: si quieres guardar energía para la noche hace falta un equipo aparte, porque el panel no guarda nada por diseño. La segunda: lo que degrada un panel con los años no es haber producido mucho —el electrón vuelve siempre—, sino el envejecimiento de los materiales a la intemperie.
La misma fuente añade el detalle que ordena el bloque siguiente: prácticamente toda la conversión fotovoltaica que existe en el mundo real se consigue con materiales semiconductores en forma de unión p-n. No es una tecnología entre varias posibles: es la que hay.
Una célula fotovoltaica es silicio dopado de dos formas distintas. Al juntarlos aparece un campo eléctrico interno permanente, y ese campo existe antes de que llegue la luz.
El mecanismo, según el mismo PVCDROM: al poner en contacto el silicio de tipo n con el de tipo p, los electrones difunden del lado n al lado p y los huecos hacen el camino contrario. Al marcharse dejan al descubierto cargas fijas en los átomos dopantes: iones positivos en el lado n, negativos en el lado p, en una franja que queda vacía de portadores libres. Entre esas dos filas de iones se forma un campo eléctrico con un potencial interno propio.
Ahí está la frase que hace útil todo lo demás, y que ninguna de las cinco páginas del SERP que pudimos leer llega a decir: la luz aporta la energía, pero la unión p-n aporta la dirección. Cuando un fotón libera un electrón, no sale despedido en cualquier sentido: el campo que ya estaba ahí lo empuja siempre hacia el mismo lado.
Por eso una placa solar entrega corriente continua, con un polo positivo y otro negativo definidos, y no una corriente alterna como la del enchufe, que cambia de sentido continuamente. No es una decisión de diseño del fabricante: es la consecuencia directa de cómo está construida la unión. Y es la razón de que haga falta un inversor, que es de lo que va el bloque de más abajo.
De qué están hechas, entonces: de silicio, un semiconductor, tratado de dos maneras distintas para que una mitad tenga electrones de sobra y la otra le falten. Todo lo demás del panel —el vidrio, el encapsulado, el marco, las conexiones— existe para proteger esas células y sacarles la corriente, no para generar nada.

Entre un 21 % y un 24 % en los módulos residenciales actuales, según las fichas de LONGi y Trina, y medido siempre en condiciones de laboratorio.
Las cifras exactas de dos fichas técnicas descargadas: el LONGi Hi-MO 9 (modelo LR7-72HYD) declara entre un 23,1 % de eficiencia de módulo en su versión de 625 W y un 24,4 % en la de 660 W; el Trina Vertex S+ (NEG9R.25) va del 21,5 % en el TSM-430 al 22,8 % en el TSM-455. Es la fracción de la energía luminosa que llega al módulo y sale convertida en electricidad.
La pregunta interesante no es esa, sino la contraria: dónde se queda el otro 76-79 %. Y buena parte no se pierde por mala fabricación, sino por un límite del propio silicio. Un fotón solo arranca un electrón si trae al menos la energía de la banda prohibida del material, que en el silicio ronda los 1,12 eV. Los fotones que llegan con menos —buena parte del infrarrojo— atraviesan la célula sin generar absolutamente nada. Los que llegan con mucha más —la parte azul y ultravioleta— sí arrancan un electrón, pero el exceso de energía que traían no se convierte en electricidad.
Ese valor de 1,12 eV se publica aquí redondeado a propósito. La fuente da cuatro decimales, pero la banda prohibida del silicio depende de la temperatura, así que reproducir esos decimales sin declarar a qué temperatura se miden sería una falsa precisión — y este artículo va, en buena parte, de no hacer eso.
Lo que no vas a encontrar en este bloque es un reparto porcentual de esas pérdidas ni el límite teórico de eficiencia del silicio. Buscamos la fuente académica que los cuantifica y las dos direcciones que probamos devolvieron un error, así que no publicamos el número. El mecanismo cualitativo sí está sostenido, y explica por qué un panel no llega ni de lejos al 100 %: no es una cuestión de calidad de fabricación, es física del material.
Una cosa que no vas a encontrar aquí: una comparación de eficiencia entre paneles monocristalinos y policristalinos. Las cifras que circulan no las hemos podido contrastar con ficha de fabricante ni con norma, y publicar un rango de memoria en el bloque que precisamente explica de dónde salen los porcentajes sería incoherente. Cuando tengamos las fichas, tendrá su sitio.
El panel entrega corriente continua, el inversor la convierte en alterna y esa electricidad entra en tu cuadro y alimenta lo que esté encendido en ese momento.
El inversor no es un accesorio ni una caja de control: es el traductor obligatorio entre dos formas de electricidad incompatibles. La célula solo puede dar corriente continua, por el motivo del bloque anterior —el campo interno de la unión p-n empuja siempre hacia el mismo lado—, mientras que la red eléctrica y los aparatos de tu casa funcionan con corriente alterna. Sin esa conversión, la energía del tejado no sirve para nada dentro de la vivienda.
El recorrido es más corto de lo que parece, y lo que tienes encendido en ese momento se alimenta primero de ahí.
Ese «en ese momento» es la parte que más consecuencias tiene y la que menos se explica. La producción no espera: existe mientras hay luz y desaparece cuando deja de haberla. Si en ese instante tu casa consume menos de lo que el tejado produce, sobra energía; si consume más, la diferencia se compra a la red como siempre. Qué ocurre exactamente con lo que sobra —la compensación de excedentes, cómo se calcula y por qué no es lo mismo que vender— está explicado con el real decreto delante en el hub de placas solares, y no lo repetimos aquí.
Un apunte sobre quién conecta todo esto, porque es la pregunta que suele venir después. Montar el equipo y conectarlo a la instalación eléctrica de una vivienda no son la misma cosa a efectos legales, y la segunda no la puede firmar cualquiera: lo tratamos entero en el artículo sobre hasta dónde llegas sin un instalador.
Los fotones alcanzan las células de silicio del módulo. Sin luz no empieza nada: el panel es un generador, no un depósito.
El campo interno de la unión p-n empuja los electrones siempre hacia el mismo lado, así que la corriente sale con polaridad definida.
Recorre el cableado desde el tejado, todavía en corriente continua, tal y como sale de las células.
Es el traductor obligatorio entre dos formas de electricidad incompatibles: la célula solo puede dar continua y la casa funciona con alterna.
Desde el cuadro eléctrico llega a los circuitos de la casa igual que la que viene de la red, y alimenta lo que esté encendido.
Porque ese número se mide en laboratorio. Las condiciones estándar son 1.000 W/m² de irradiancia, 25 °C de temperatura de célula y un espectro de referencia AM 1,5 G.
No es una interpretación nuestra: es la definición oficial, y está en español. El Pliego de Condiciones Técnicas de Instalaciones Conectadas a Red del IDAE (documento PCT-C-REV, julio de 2011) define en su apartado 3.3.4 las Condiciones Estándar de Medida como las condiciones de irradiancia y temperatura en la célula solar «utilizadas universalmente para caracterizar células, módulos y generadores solares», y las fija en esos tres valores. Y en el apartado siguiente, el 3.3.5, cierra el círculo con una frase de diez palabras: «Potencia pico. Potencia máxima del panel fotovoltaico en CEM.»
Esa es literalmente la definición del vatio pico. Ni más, ni menos: los 450 Wp de tu presupuesto son la potencia máxima del panel en esas tres condiciones de laboratorio. Un apunte de vocabulario que ahorra confusiones: en la normativa española se llaman CEM (Condiciones Estándar de Medida) y en las fichas de fabricante aparecen siempre como STC (Standard Test Conditions). Son lo mismo.
Aquí hay que corregir algo que repite medio sector, incluidas varias de las páginas que salen al buscar esto. Se lee constantemente que «la IEC 60904-3 define las STC como 1.000 W/m², 25 °C y AM1.5», y es falso en un tercio. No lo decimos de oído: descargamos esa norma y lo comprobamos sobre su texto completo.
Conviene decir con claridad qué NO es esto, porque es fácil convertirlo en una denuncia y no lo es. Las condiciones estándar no son letra pequeña ni una trampa comercial: son una regla de medida común, y existen porque la luz natural no se puede controlar. Sin un patrón así, comparar dos paneles de dos fabricantes sería imposible. El informe del Task 13 del programa fotovoltaico de la Agencia Internacional de la Energía lo dice en las dos direcciones: la potencia se declara en unas condiciones estándar «que casi nunca se cumplen en condiciones reales de trabajo», y se hace así porque en luz natural no controlada no habría medida repetible.
La prueba documental de cuánto se separa una cosa de la otra no hay que ir a buscarla lejos: está en la propia ficha del panel, en la columna de al lado. Los fabricantes publican dos tablas eléctricas para el mismo módulo, una en condiciones estándar y otra en condiciones nominales de operación, y la segunda casi nadie la mira.
| Modelo (ficha oficial descargada) | Potencia en CEM/STC | Potencia en TONC/NOCT | Diferencia |
|---|---|---|---|
| LONGi Hi-MO 9, LR7-72HYD, versión de 625 W (doc. 20241024V01) | 625 W | 475,8 W | −23,9 % |
| LONGi Hi-MO 9, LR7-72HYD, versión de 660 W (doc. 20241024V01) | 660 W | 502,4 W | −23,9 % |
| LONGi Hi-MO 7, LR7-54HTH, versión de 470 W (doc. 20240529 V2) | 470 W | 351,2 W | −25,3 % |
| LONGi Hi-MO 7, LR7-54HTH, versión de 475 W (doc. 20240529 V2) | 475 W | 354,9 W | −25,3 % |
| Trina Vertex S+, TSM-440 NEG9R.25 (ficha 2025) | 440 W | 337 W | −23,4 % |
| Trina Vertex S+, TSM-455 NEG9R.25 (ficha 2025) | 455 W | 348 W | −23,5 % |

Un módulo actual pierde entre un 0,26 % y un 0,29 % de potencia por cada grado que la célula sube por encima de los 25 °C de referencia.
Es la parte contraintuitiva del asunto: más sol es mejor, pero más calor es peor, y son dos cosas distintas que llegan juntas. Estos son los coeficientes literales de cuatro fichas técnicas descargadas de tres fabricantes, sin redondear.
Por qué ocurre se ve en las tres columnas de esa misma tabla, sin necesidad de creerse nada. Con el calor la corriente sube un poco (entre un 0,04 % y un 0,05 % por grado) pero la tensión baja mucho más (entre un 0,20 % y un 0,25 % por grado). Como la potencia es el producto de tensión por corriente, gana la caída de tensión y el neto es negativo. El mecanismo físico detrás, según el PVCDROM: al subir la temperatura baja la energía de la banda prohibida y se dispara la concentración intrínseca de portadores, lo que aumenta la corriente inversa de saturación; y la tensión de circuito abierto depende inversamente de esa corriente, así que se desploma mientras la corriente apenas gana.
Ahora el matiz que hace que ese coeficiente signifique algo real, y que es donde casi todo el mundo lee mal una ficha. La temperatura que entra en la cuenta no es la del aire: es la de la célula, y la célula está mucho más caliente que el aire que la rodea. El IDAE define la temperatura de operación nominal de la célula como la que alcanzan las células cuando el módulo recibe 800 W/m², el aire está a 20 °C y sopla viento de 1 m/s. Trina declara para el Vertex S+ un valor de 43 °C ± 2 °C en esas condiciones. Traducido: con el aire a 20 °C, la célula ya está a unos 43 °C — veintitrés grados por encima del aire, y dieciocho por encima de los 25 °C a los que se mide el catálogo.
Con esas dos piezas se puede hacer la cuenta que nadie hace, y es una multiplicación. Una célula a 65 °C está 40 grados por encima de la referencia; con un coeficiente de −0,29 %/°C, eso son 40 × 0,29 = 11,6 % menos de potencia que la nominal, solo por temperatura. En un tejado español con el aire a 35 °C en julio, esa temperatura de célula no es un supuesto extremo.
Fíjate además en la asimetría entre las dos condiciones, porque es el origen de la confusión: en las condiciones estándar lo que se fija es la temperatura de la CÉLULA (25 °C), mientras que en las condiciones nominales de operación lo que se fija es la del AIRE (20 °C) y la de la célula es el resultado que se mide. Son dos parámetros que se leen al revés uno del otro.
Una nota de honestidad sobre estos números, porque hay una cifra clásica que circula y no es la de un panel de hoy. El PVCDROM da como referencia para el silicio una caída del 0,4 % al 0,5 % por grado, bastante peor que la de las fichas de 2024-2025. No es una contradicción: esa cifra académica describe células de silicio convencionales, y los módulos actuales de tipo n han mejorado ese parámetro de verdad. Aquí usamos los valores de ficha porque son los actuales y están medidos, y señalamos la mejora en vez de esconderla.
| Fabricante y modelo (versión de ficha) | Potencia (Pmax) por °C | Tensión (Voc) por °C | Corriente (Isc) por °C |
|---|---|---|---|
| LONGi Hi-MO 9, LR7-72HYD 625~660M (doc. 20241024V01) | −0,260 % | −0,200 % | +0,050 % |
| LONGi Hi-MO 7, LR7-54HTH 470~475M (doc. 20240529 V2) | −0,280 % | −0,230 % | +0,050 % |
| Trina Solar Vertex S+, NEG9R.25 (ficha 2025) | −0,29 % | −0,24 % | +0,04 % |
| JinkoSolar Tiger Neo N-type, 72HL4-BDV (JKM560-580N) | −0,29 % | −0,25 % | +0,045 % |
Convierte esta física en los números de tu tejado con la calculadora solar →
Por cada unidad de luz que recibe, un mismo panel en Madrid convierte un 13,1 % menos en julio que en enero. Pasa en las ocho ciudades consultadas.
El coeficiente de temperatura del bloque anterior es un número de catálogo. Esto es el mismo fenómeno visto desde fuera, sobre datos climáticos de dieciséis años. Consultamos la API oficial de PVGIS (v5.2, Comisión Europea — Joint Research Centre; base de radiación PVGIS-SARAH2, meteorología ERA5, periodo 2005-2020) para ocho ubicaciones españolas, con la misma configuración en todas: 1 kWp, 14 % de pérdidas de sistema, 35° de inclinación y orientación sur. Y para cada mes dividimos la producción entre la irradiación recibida en el plano del panel: cuánta electricidad sale por cada unidad de luz que entra.
En Madrid ese cociente pasa de 0,838 en enero a 0,728 en julio. El panel es el mismo, la inclinación es la misma y la orientación es la misma; lo único que cambia es la estación. Y el patrón encaja con la física: la caída es mayor donde más aprieta el calor —Córdoba, Madrid, Sevilla— y menor en el norte atlántico y en el clima marítimo de Canarias.
PVGIS publica además, para cada consulta, una pérdida anual explícita atribuida a temperatura y baja irradiancia, y va en la segunda columna de la tabla. Cuadra con lo anterior: Córdoba −9,71 % y Sevilla −9,67 % en un extremo, Las Palmas −6,28 % y Bilbao −6,59 % en el otro.
Ahora la parte que hay que leer despacio, porque es la que impide vender esto mejor de lo que es. Ese cociente no aísla la temperatura en estado puro: incorpora también efectos de ángulo de incidencia y efectos espectrales, que cambian igualmente con la estación. PVGIS los reporta por separado a escala anual y en Madrid son −2,59 % y +0,49 %, frente al −7,83 % de temperatura y baja irradiancia. La temperatura es el factor dominante con diferencia, y así hay que decirlo: dominante, no exclusivo.
Y una hipótesis que se cayó, que contamos porque un artículo que critica al sector por publicar datos bonitos sin comprobar no puede hacer lo mismo. Empezamos esperando encontrar que el mes más soleado no es el que más produce. En la España peninsular es FALSO: en las siete ubicaciones peninsulares que consultamos, julio es a la vez el mes de más irradiación y el de más producción. La inversión limpia solo aparece en Canarias — en Las Palmas de Gran Canaria el mes de más irradiación es agosto (181,90 kWh/m²) pero el de más producción es marzo (142,98 kWh/kWp frente a 140,40 de agosto), cinco meses de diferencia. En la península hay inversiones reales entre pares de meses concretos, pero de en torno al 1 % y frágiles: repetida la consulta de Valencia a 15° de inclinación en lugar de 35°, la inversión entre mayo y junio desaparece.
La consecuencia práctica no es que haya que hacer nada distinto —no hay ninguna decisión de compra detrás de esto—, sino saber leer tu propia aplicación cuando la mires. Que agosto produzca más que enero no significa que el panel esté trabajando mejor en agosto: está recibiendo mucha más luz y aprovechando peor cada rayo. Son dos cosas distintas y las dos son ciertas a la vez.
Cuánto produce en total un kilovatio pico según dónde vivas es otra pregunta, con otro eje —la geografía en lugar del mes—, y está resuelta con sus propias consultas a PVGIS en el hub de placas solares.
| Ubicación | Caída del rendimiento de conversión de invierno a verano | Pérdida anual por temperatura y baja irradiancia (PVGIS) |
|---|---|---|
| Córdoba | −13,3 % | −9,71 % |
| Madrid | −13,1 % | −7,83 % |
| Sevilla | −12,8 % | −9,67 % |
| Barcelona | −10,7 % | −6,88 % |
| Murcia | −10,7 % | −8,30 % |
| Valencia | −10,4 % | −8,18 % |
| Bilbao | −8,8 % | −6,59 % |
| Las Palmas de Gran Canaria | −4,9 % | −6,28 % |
De noche no producen nada: sin luz no hay electrones que empujar. Con nubes producen menos, porque llega menos luz, pero siguen generando tensión.
Las tres respuestas salen del primer bloque sin necesidad de añadir nada. Si la conversión empieza porque un fotón sube un electrón de energía, sin fotones no empieza. De noche la producción es cero, y como el panel tampoco almacena nada —el electrón vuelve a la célula, no se queda guardado en ninguna parte—, no hay ningún mecanismo por el que un panel pueda dar de noche lo que le sobró de día. Para eso hace falta una batería, que es un equipo distinto con su propia cuenta.
Con nubes la cosa cambia de grado, no de naturaleza. Una nube no apaga la luz, la dispersa: sigue llegando radiación al panel, difusa en lugar de directa, y la célula sigue funcionando con menos materia prima. Aquí no vas a leer un porcentaje de cuánto produce un día nublado. Los que circulan por ahí no citan ninguna fuente y nosotros no lo hemos medido, así que preferimos decir eso a inventar un número redondo.
Hay sin embargo una consecuencia práctica que conviene conocer si alguna vez subes al tejado, y que se sigue de lo anterior aunque no la hayamos medido nosotros: con luz débil los módulos siguen generando tensión. No existe un momento del día, salvo la noche cerrada, en que un panel esté «apagado» por su cuenta.
Y el invierno tiene una respuesta doble que junta este bloque con los dos anteriores. Un panel produce bastante menos en enero que en julio, porque recibe muchísima menos luz: días más cortos y sol más bajo. Pero convierte mejor la que recibe, exactamente por lo que muestra la tabla de PVGIS de aquí arriba: la célula está fría y da más tensión. Lo primero pesa mucho más que lo segundo, así que el balance mensual sigue siendo peor en invierno — pero el panel, como máquina, trabaja más fino con frío.
Las fichas garantizan menos de un 1 % de pérdida el primer año y entre un 0,35 % y un 0,40 % anual después, durante 25 o 30 años.
Es uno de los datos que aparecen en cualquier presupuesto y que ninguna de las cinco páginas del SERP que pudimos leer menciona. Estas son las cifras literales de cuatro fichas descargadas, con el patrón que comparten: el primer año degrada más —una caída inicial conocida del silicio— y a partir del segundo la garantía es lineal.
Ahora los dos matices que convierten esta tabla en algo útil, porque leída deprisa se entiende al revés. El primero: son dos garantías distintas con plazos distintos, y el sector las mezcla constantemente. La garantía de POTENCIA cubre que el panel siga produciendo por encima de un umbral (25 o 30 años). La garantía de PRODUCTO cubre que no se rompa ni tenga defectos de fabricación, y en dos de los cuatro modelos de la tabla dura 12 años, no 30. Un panel puede anunciarse con «30 años de garantía» y tener doce contra defectos.
El segundo matiz: esas cifras son el MÁXIMO garantizado, no una predicción de lo que va a degradar. Trina lo escribe con esas palabras en su ficha, «degradación anual máxima». Lo razonable es esperar que la degradación real sea menor que el tope garantizado, pero eso no lo afirmamos aquí porque para decirlo haría falta un estudio de degradación medida en campo y no lo hemos leído. Lo que hay es lo que el fabricante se compromete a cumplir.
Y una tercera cosa, que es una contradicción del propio sector con la norma en la mano. Se lee a menudo que un panel «cumple la IEC 61215, por eso dura 25 años». La norma dice lo contrario en su propio alcance: la IEC 61215-1:2021 —adoptada en España como UNE-EN 61215 y exigida por el pliego del IDAE— establece los requisitos de cualificación del diseño de módulos para operación prolongada a la intemperie, y añade que sus resultados de ensayo «no se interpretan como una predicción cuantitativa de la vida útil del módulo». Superar la norma no es una promesa de años. Los 25 o 30 años que verás anunciados vienen de un contrato de garantía, no de un ensayo técnico. Son dos documentos distintos y solo uno de ellos te cubre.
| Modelo | Primer año | Anual desde el año 2 | Garantía de potencia | Garantía de producto |
|---|---|---|---|---|
| LONGi Hi-MO 9, LR7-72HYD | menos del 1 % | 0,35 % (años 2 a 30) | 30 años | 12 años |
| LONGi Hi-MO 7, LR7-54HTH | menos del 1 % | 0,40 % (años 2 a 25) | 25 años | 25 años |
| Trina Vertex S+, NEG9R.25 | 1 % máximo | 0,4 % máximo (años 2 a 30) | 30 años | 25 años |
| JinkoSolar Tiger Neo, 72HL4-BDV | no desglosado en la ficha | 0,40 % (30 años) | 30 años | 12 años |
Porque la norma obliga al inversor a desconectarse cuando la red falla. Es una protección para quien está reparando la línea, no una limitación comercial.
Es de las preguntas que más se hacen y de las que peor se responden, así que aquí va con el artículo delante. El Real Decreto 1699/2011, que regula la conexión a red de las instalaciones de producción de pequeña potencia, exige en su artículo 14.1.c) un «interruptor automático de la conexión, para la desconexión-conexión automática de la instalación en caso de anomalía de tensión o frecuencia de la red, junto a un relé de enclavamiento». Un apagón es el caso extremo de esa anomalía: la instalación está obligada a desconectarse sola.
El motivo es más serio de lo que parece y no tiene nada que ver con venderte nada. Si tu instalación siguiera inyectando durante un apagón, estarías electrificando la línea de la calle mientras un operario de la distribuidora trabaja en ella creyéndola sin tensión. La desconexión automática existe para eso.
Y ahora la parte que casi nunca se cuenta, que está en el mismo real decreto y es buena noticia. El artículo 12.1 dice que los esquemas de conexión deben responder al principio de «favoreciendo el mantenimiento de la seguridad y calidad de suministro y posibilitando el trabajo en isla, sobre sus propios consumos, nunca alimentando a otros usuarios de la red». Funcionar en isla alimentando tu propia casa está expresamente contemplado por la norma. Lo prohibido es alimentar la red. Por eso existen equipos con función de respaldo que aíslan la vivienda y sí dan luz en un apagón: no son un truco legal, son la modalidad que el propio decreto prevé.
Un límite de esta explicación, para que sepas hasta dónde llega. El real decreto fija en una tabla las consignas exactas de máxima y mínima frecuencia y tensión a las que dispara esa protección. No las publicamos aquí porque esa tabla no se pudo extraer del PDF consolidado del BOE, y las cifras que circulan en fuentes secundarias no las hemos podido confirmar sobre el texto oficial. Lo que sí está verificado palabra por palabra son los dos artículos citados arriba.
Si lo que te ha traído hasta aquí es precisamente eso —querer tener luz cuando se va la de todos—, la conversación deja de ser sobre paneles y pasa a ser sobre almacenamiento y equipo de respaldo, que tiene sus propios números y no siempre salen.
La fotovoltaica genera electricidad con el efecto fotovoltaico; la solar térmica calienta un fluido. Son equipos distintos y no se comportan igual ante la suciedad ni ante las sombras.
Todo lo que has leído hasta aquí es fotovoltaica: silicio, unión p-n, corriente continua, vatios pico. La solar térmica no tiene nada de eso. Un captador solar térmico no convierte luz en electricidad: absorbe radiación y la transfiere en forma de calor a un fluido, para agua caliente sanitaria, calefacción o climatizar una piscina. Distinto componente, distinta salida, distinta instalación.
Y esta confusión no es cosa de lectores despistados. La Guía Técnica de Energía Solar Térmica del IDAE —redactada por la asociación del sector térmico para el organismo público— lo reconoce por escrito en su apartado 9.6.1: «Uno de los factores que diferencia a la energía solar térmica de la fotovoltaica es la escasa y diferente influencia de la suciedad en el rendimiento de los captadores frente a la mayor importancia que tiene en los módulos fotovoltaicos. Hay técnicos que trabajan en las dos actividades y dan el mismo tratamiento a ambas tecnologías; ocurre algo similar con el problema de las sombras o con los sistemas de seguimiento en lo que ambas tecnologías son distintas.»
Que un organismo público diga que la confusión llega hasta profesionales que trabajan en ambas actividades es la mejor razón para separarlas bien en un artículo como este. Y no es una diferencia de etiqueta: la propia cita señala tres comportamientos que no coinciden —suciedad, sombras y seguimiento—, así que aplicar a un módulo fotovoltaico lo que se sabe de un captador térmico da consejos equivocados.
Con la suciedad, en concreto, la diferencia va justo en la dirección que menos conviene: pesa más en la fotovoltaica que en la térmica. Cuánto pesa exactamente, con los estudios delante, está medido en el artículo sobre la limpieza de las placas.

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De noche no funciona: la conversión empieza cuando un fotón sube un electrón de energía dentro del silicio, y sin luz no hay nada que empezar. Tampoco guarda nada de lo que produjo durante el día — el electrón que sale al circuito vuelve a la célula, así que un panel es un generador, no un depósito; para eso hace falta una batería aparte. Con nubes sí produce, menos, porque la luz llega dispersa en vez de directa pero sigue llegando. No damos aquí un porcentaje de cuánto produce un día nublado: los que circulan no citan fuente y nosotros no lo hemos medido.
Es silicio tratado de dos maneras distintas y puesto en contacto. En esa unión, llamada unión p-n, los electrones y los huecos se difunden hacia el lado contrario y dejan atrás cargas fijas, y entre esas cargas se forma un campo eléctrico interno permanente. Ese campo existe antes de que llegue ninguna luz. Cuando un fotón con suficiente energía libera un electrón, el campo lo empuja siempre hacia el mismo lado, y de ahí sale una corriente continua con polaridad definida. Dicho corto: la luz aporta la energía y la unión aporta la dirección.
Porque los vatios pico son, por definición oficial, la potencia máxima del panel en Condiciones Estándar de Medida: 1.000 W/m² de irradiancia, 25 °C de temperatura de célula y espectro AM 1,5 G. Lo dice con esas palabras el pliego de condiciones técnicas del IDAE, apartados 3.3.4 y 3.3.5. Esas tres condiciones casi nunca se dan a la vez en un tejado. La prueba está en la propia ficha del panel: los fabricantes publican una segunda tabla eléctrica en condiciones nominales de operación, y ahí el mismo módulo declara entre un 23 % y un 25 % menos de potencia. Ojo con la causa: esa segunda tabla supone también un 20 % menos de luz, así que no toda esa diferencia es el calor.
Las fichas de LONGi, Trina y Jinko garantizan menos de un 1 % de pérdida de potencia el primer año y entre un 0,35 % y un 0,40 % anual a partir del segundo, durante 25 o 30 años según la gama. Dos advertencias que valen dinero. Una: son dos garantías distintas, la de potencia (25-30 años) y la de producto contra defectos de fabricación, que en dos de los cuatro modelos que revisamos dura solo 12 años. Dos: esas cifras son el máximo garantizado, no una predicción. Y cuidado con el argumento de que «cumple la IEC 61215, por eso dura 25 años»: esa norma dice en su propio alcance que sus ensayos no se interpretan como una predicción de la vida útil del módulo.
No dan luz, y no es un fallo: es una obligación normativa. El Real Decreto 1699/2011 exige en su artículo 14.1.c) un interruptor automático que desconecte la instalación ante cualquier anomalía de tensión o frecuencia de la red, y un apagón es el caso extremo. Si tu instalación siguiera inyectando, estaría electrificando la línea de la calle mientras alguien la repara creyéndola sin tensión. Ahora la parte buena, que está en el artículo 12.1 del mismo decreto: la norma contempla expresamente el trabajo en isla «sobre sus propios consumos, nunca alimentando a otros usuarios de la red». Alimentar tu casa aislada de la red está previsto, y por eso existen equipos con función de respaldo que sí dan luz en un apagón.
Las placas solares que calientan agua no son placas fotovoltaicas: son captadores solares térmicos, otra tecnología. La fotovoltaica convierte la radiación en electricidad mediante el efecto fotovoltaico en una unión de silicio; la solar térmica absorbe la radiación y la transfiere como calor a un fluido, para agua caliente sanitaria, calefacción o piscina. La confusión está documentada por el propio IDAE, que en su guía técnica reconoce que hasta técnicos que trabajan en ambas actividades les dan el mismo tratamiento, y advierte de que se comportan distinto ante la suciedad, las sombras y el seguimiento. Se puede calentar agua con electricidad fotovoltaica, pero eso es otra instalación y otra cuenta.
No hay un número que valga para todas las casas, y cualquiera que te dé uno sin preguntarte nada te está dando el suyo. Depende de cuánta electricidad consumes al año, de cuánta luz recibe tu tejado según dónde vivas y cómo esté orientado, y de en qué momento del día gastas — que no es un detalle menor, porque la producción existe mientras hay luz y no espera. Lo que sí puedes hacer es calcularlo con tus datos: nuestra calculadora parte de la irradiación real de tus coordenadas según PVGIS y deja cada supuesto a la vista, en vez de darte una cifra redonda sin explicar de dónde sale.
Ciñéndonos a lo que este artículo puede sostener con fuentes, las limitaciones son físicas y ninguna es un defecto de fabricación. Producen solo mientras hay luz y no almacenan nada, así que sin batería no hay nada de noche. Pierden potencia con el calor, entre un 0,26 % y un 0,29 % por cada grado que la célula sube sobre los 25 °C de referencia, y la célula está bastante más caliente que el aire. Se degradan de forma lenta pero continua, con un tope garantizado de en torno al 0,4 % anual. Y no dan luz en un apagón salvo que la instalación lleve equipo de respaldo. Las desventajas económicas —cuánto cuesta, en cuánto se amortiza, qué pasa con los excedentes— son otra conversación y están en el hub de placas solares.
Sin compromiso. Si al final decides que no te interesa, no pasa nada.
Puedes elegir más de una.